La palabra refugio proviene del latín refugĭum y tiene
como uno de sus significados un espacio situado en determinados
lugares para acoger a viajeros y excursionistas. Este emplazamiento para viajeros que tienen la
literatura como brújula permite que puedan volcarse a sí mismos y posee una
profunda connotación de cómo aprehendemos el mundo, de cómo vamos forjando
nuestra visión de mundo a través de la memoria y las vivencias. Refugiarse
permite generar una decantación de nuestras experiencias y filiaciones, nos
enseña a reflexionar y escoger. Tal como los caracoles zapatistas o la máxima
del oráculo de Delfos que enseñan que conocerse a uno mismo hace posible
conocer el exterior.
El refugio se asocia a un hábitat, un habitar,
una casa, un espacio material o de memoria. La casa como elemento asociado a la
literatura está llena de simbolismo, se identifica como extensión del propio
cuerpo, de la propia psiquis, la casa se devela como lugar de salvaguarda y
vigilancia. Finalmente, como refugio.
Este refugio al que se entra por medio de la
imaginación se complementa, define y termina con la visión renovada del afuera.
Este encuentro con la realidad y la luz proviene de la ventana que nos acerca a
la otredad. La palabra ventana proviene del latín ventus y se
refiere a una abertura elevada sobre el suelo, que se
deja en una pared para dar luz y ventilación. Si nos situamos en la desde la
ventana podemos respirar, resplandecer y ver con mayor claridad.
La literatura, como hecho estético,
como viaje al centro de uno mismo y de las cosas permite desde la primera infancia
irnos acorazando, nos va estructurando y moldeando a través del asombro y el
hábito de la abstracción. Nos instruye y entrega vida, parajes exóticos, seres
fantásticos e imaginarios. Nos hace libres y nos da esperanza en la
identificación y proyección de quienes anidan en el mundo de los libros. Desde
el refugio y la ventana entramos y salimos guardando en la memoria retazos de
imágenes felices para la adultez.
